Topofilias: o cómo el lugar nos habita, tanto, como lo habitamos

Un blog de Javier Fernández Ramos, coordinador de proyectos en Altekio

¿Sabías que hay una palabra para ese cosquilleo en el estómago que te da volver a tu bosque favorito? Se llama topofilia, y puede que sea una de las claves para la transición ecosocial.

Hay lugares que sentimos como parte de quienes somos. El pueblo donde creciste. El parque que visitas regularmente. El río donde aprendiste a nadar. La plaza donde pasaste muchas tardes. O las tierras que una familia cultiva desde hace generaciones.

Ese vínculo tiene un nombre: topofilia, un término que combina las palabras griegas «topos» (lugar) y «philia» (amor o afecto).

El geógrafo y filósofo Yi-Fu Tuan acuñó este concepto en los años 70 para hablar del apego afectivo que construimos con los lugares que habitamos. No es solo una cuestión de utilidad o de proximidad. Los territorios también están hechos de emociones, memorias, conflictos, encuentros y formas de vida que nos transforman mientras nosotres también los transformamos.

En un momento de crisis ecológica, quizá esta idea sea más importante que nunca. Porque es más fácil cuidar aquello con lo que sentimos vinculación.

Este concepto también nos ayuda a entender por qué las comunidades resisten cuando su territorio se ve amenazado, y por qué tantas veces esa resistencia nace de gestos colectivos de apropiación simbólica del espacio: un mural, una fiesta, un nombre recuperado. En un mundo marcado por el extractivismo, el desarraigo y la urbanización acelerada, la topofilia puede ser el punto de partida para sumar voluntades, tejer comunidad y empujar conjuntamente hacia otros rumbos posibles.

La topofilia tiene también su cara más dolorosa: la solastalgia, esa angustia que sentimos cuando el lugar que queremos se degrada ante nuestros ojos. Es una forma de duelo por la pérdida de un lugar querido que transforma sin que podamos evitarlo. Y es que sentimos solastalgia porque tenemos topofilia.

 

¿Por qué hablar de topofilias, en plural?

En Altekio nos interesaba ir un paso más allá del concepto original. Por eso hablamos de topofilias, en plural.

Porque no existe una única forma de relacionarnos con un territorio. Cada persona construye vínculos diferentes, pero además esos vínculos nunca son exclusivamente humanos. Vivimos entre árboles, ríos, hongos, aves, insectos, bacterias, infraestructuras, memorias y paisajes que también participan en la construcción del lugar.

Esta mirada conecta con la idea de cosmopolítica, desarrollada por la filósofa belga Isabelle Stengers. Una invitación a ampliar lo político para reconocer que el mundo común no lo construimos solo las personas, sino una diversidad de seres y materiales que conviven, colaboran y también entran en conflicto.

Pensar desde las topofilias significa preguntarnos: ¿qué relaciones sostienen un territorio? ¿Qué voces solemos escuchar y cuáles quedan fuera? ¿Cómo podemos imaginar formas de convivencia más justas entre todas las vidas que comparten un mismo lugar?

 

Una exposición para mirar el territorio de otra manera

Estas preguntas son el punto de partida de la exposición Topofilias: el amor —cosmopolítico— por el territorio, que presentamos el pasado mes de junio en Piñoña (Asturias) tras casi un año y medio de trabajo dentro de un proyecto desarrollado junto a Oxfam y con la colaboración de La Imaginable.

La muestra nace de una residencia artística de producción desarrollada junto a Tania Blanco, Carlos Spogo y Laura Moreno, quienes han creado obras originales en diálogo con los paisajes, las memorias y las tensiones ecológicas del territorio.

  • Tania BlancoEndémico y naturalizado (2026)
    Un Junco del Nalón asturiano y un lirio de la bahía de Cádiz, convertidos en papel y estampados con imágenes aéreas de los lugares donde crecieron. Una obra que usa la botánica para preguntarse qué significa ser de un lugar: ¿lo autóctono y lo foráneo son categorías tan claras como creemos, en las plantas y también en las personas?
  • Laura Moreno BuenoLa triángula (2026)
    La artista grabó los sonidos y la vida cotidiana de El Triángulo, un pequeño parque madrileño que resiste a contracorriente de la lógica del consumo. Ese archivo sonoro, junto a cajas y telas cianotipiadas con imágenes del propio lugar, se convierte en instalación: una manera de proteger una memoria colectiva que la ciudad podría borrar de un día para otro.
  • Carlos SpogoLavar la tierra (2026)
    En Tobarra (Albacete), Spogo investigó la memoria de los antiguos lavaderos como espacios de trabajo y encuentro. El resultado es una pieza hecha con tierra recogida en el entorno de los lavaderos, mezclada con el agua que simboliza la única acequia que sigue viva. No representan el paisaje: lo incorporan directamente al proceso creativo, convirtiendo la propia materia del lugar en una reflexión sobre la memoria, los cuidados y el patrimonio colectivo.
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A estas piezas se suma el trabajo de nueve artistas vinculades a Asturias: Ainoa Riesco, E1000, Elise Florentino, Iratxe Esteve, Iyán Castaño, Laura Bitxo, Nieve Sita, Sonek y Woodic, ampliando la conversación colectiva sobre los afectos, los conflictos y las posibilidades que emergen cuando pensamos nuestra relación con los lugares que habitamos.

Más que ofrecer respuestas, la exposición propone una experiencia. Una invitación a detenernos, observar y preguntarnos desde dónde miramos el territorio y qué historias nos contamos sobre él.

Si quieres más información, puedes ver todas las piezas en el siguiente enlace:

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La inauguración: el territorio que se celebra a sí mismo

La inauguración de la exposición fue mucho más que abrir una exposición: fueron dos jornadas pensadas para sentir el territorio y celebrarlo de forma conjunta, entre vecinas, artistas y visitantes que se sumaron a la fiesta. Empezó con una visita guiada por la muestra, que terminó con una tirada de cartas del oráculo de futuros deseables, una manera lúdica -y un poco mágica- de preguntarnos, conjuntamente, qué mundos queremos construir. Después llegó el turno de la música: un concierto coral recuperó canciones ligadas al territorio, esas melodías que llevan generaciones contando quiénes somos y de dónde venimos. Al día siguiente, la celebración continuó con el engalanado de fuentes, una tradición asturiana propia de la noche de San Juan que llenó de flores y color algunos rincones del pueblo, como cierre una DJ de música tradielectrónica puso la banda sonora a ese encuentro entre lo ancestral y lo contemporáneo, cerrando dos días en los que el territorio se vivió, se cantó y se celebró.

Una residencia itinerante, tres territorios

La residencia artística desde donde partimos tomó forma de viaje. Un proceso de investigación y creación que se desplegó en tres momentos y tres territorios (Asturias, Barcelona y Madrid) combinando dos formas de trabajar que se entrelazan entre sí: por un lado, acciones y actividades abiertas a la comunidad; por otro, espacios internos donde el propio equipo de artistas pudo profundizar en los temas que les ocupaban y conocer de cerca el trabajo del resto.

Que fuera itinerante no fue casualidad, sino una apuesta pensada desde el principio. Moverse entre territorios tan distintos (cada uno con su propia historia ecológica, su identidad cultural, sus comunidades y su forma particular de vivir la crisis climática) permitió a les artistas pensar entre lugares, no solo desde uno. Esa mirada comparada, capaz de poner en diálogo paisajes y realidades diferentes, fue clave para entender las topofilias no como algo fijo, sino como una relación viva que cambia según el territorio que se habita.

Asturias: el agua con memoria

Todo empezó junto al agua. En Asturias, de la mano de la Asociación Cultural Riu Fontoria y el Centro Cultural de la Benéfica de Piloña, las artistas se sumergieron en un patrimonio que muchas veces pasa desapercibido: fuentes, lavaderos y canales de riego que durante generaciones han sido el verdadero sistema circulatorio de los pueblos. Vecinas y vecinos se remangaron para rehabilitar juntas parte de esa infraestructura olvidada, una ruta guiada invitó a mirar el paisaje del agua con otros ojos, y la música tradicional se cruzó con sonidos contemporáneos, como si el pasado y el presente se dieran la mano.

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Barcelona: el territorio se hace cuerpo

La segunda parada llevó la investigación a otro terreno: el del cuerpo. En Barcelona, el teatro y el movimiento se convirtieron en herramientas para sentir, literalmente, qué significa habitar un territorio amenazado. Una función teatral abierta al público, seguida de un coloquio con artistas locales, abrió una conversación sobre arte, activismo y ecología que se extendió más allá de lo humano. Y en un taller interno, las artistas exploraron con el propio cuerpo ideas como pertenencia o amenaza, dejando que el movimiento dijera lo que a veces las palabras no alcanzan.

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Madrid: pensar el arte en comunidad

El recorrido cerró en Madrid con la Universidad Complutense y La Imaginable como aliadas. Allí las artistas compartieron sus obras en proceso con otras creadoras madrileñas, y un seminario multidisciplinar sumó las miradas de estudiantes, investigadoras y docentes desde la ecología y las ciencias sociales. Como broche inesperado (y prueba de que un buen proyecto siempre genera más de lo que estaba previsto), surgió una colaboración extra con la UNED para pensar juntas cómo la educación ambiental y el arte pueden tejer relaciones más atentas con los lugares que habitamos.

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Imaginar futuros más habitables

La residencia artística y la exposición forman parte del proyecto europeo Imagining Climate Just Futures, una iniciativa que busca generar espacios donde imaginar, debatir y construir futuros climáticamente justos.

En Altekio creemos que la transición ecológica no depende únicamente de nuevas tecnologías o mejores políticas públicas. También necesita nuevos relatos, nuevas imágenes y nuevas formas de sentirnos parte del mundo.

Porque proteger un territorio no empieza cuando aparece una amenaza. Empieza mucho antes: cuando aprendemos a conocerlo, a vincularnos con él y a reconocer que nuestra historia también está entrelazada con la de todos los seres que lo habitan.

Quizá eso sea, al final, una topofilia: descubrir que cuidar un lugar también es una forma de cuidar el futuro.



El arte no explica un territorio: lo toca

El arte tiene algo que ningún informe técnico puede ofrecer: la capacidad de hacernos sentir un territorio antes de entenderlo, la habilidad de hacer preguntas desde perspectivas rupturistas. Una obra puede convertir un dato sobre erosión del suelo en una imagen que no se olvida, o transformar la memoria de un río contaminado en una pregunta que nos incomoda lo suficiente como para actuar. Por eso, el arte no es un adorno en los procesos de transición ecológica: es una herramienta para imaginar otros vínculos posibles con la tierra, sus aguas y quienes las habitan, y para construir, poco a poco, nuevas formas de pertenecer.

Donde la razón traza límites y mapas, una imagen, un sonido o un gesto artístico puede colarse por las grietas y recordarnos que la tierra también respira, recuerda y espera. Quizás ahí resida su fuerza silenciosa: en devolvernos, aunque sea por un instante, la capacidad de asombrarnos ante lo que creíamos conocido. Es más fácil cuidar lo que hemos aprendido a mirar de cerca y el arte nos enseña justo a eso, a acercarnos y a mirar de nuevo.

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